
Mi madre me había regalado aquel juego de muñecas rusas hacía casi tres años. Lo había comprado durante aquel inolvidable viaje a Moscú que ella y mi padre habían hecho para celebrar sus veinticinco años de matrimonio. Fue su primera y última salida al extranjero. Habíamos insistido en que pasaran aquellas vacaciones en un lugar más cálido, sobre todo por su estado, pero ella se había empeñado en ir a Moscú. He soñado desde hace años con pisar la plaza roja, solía repetirnos incansable, aunque no acabamos nunca de aprobar su decisión. Ninguno de nosotros, excepto mi padre.
Aquel sábado, mientras limpiaba la repisa de la librería que ocupaba la hilera de muñecas, me asaltó una sensación extraña. Entre la segunda y la tercera faltaba una. Primero pensé que la había tirado sin querer mientras barría, quizás al rozarla con mi camisa, y busqué en el suelo durante un buen rato. Miré por todos los rincones y volví a coger la escoba para pasarla debajo del sofá, pero la figura no aparecía. Luego observé las demás con rareza, igual que cuando una cara conocida me saluda en la calle y hago un esfuerzo por recordar donde encajarla. Lo más curioso es que había siete piezas, o sea el mismo número que yo creía haber contado tantas semanas. Y sin embargo estaba convencida de que me faltaba una. Mi padre me observaba inmóvil desde su silla. -Dime que no me estoy volviendo loca.- le pedí inútilmente. Me seguía mirando con aquellos ojos perdidos que tanto me habían llegado a asustar al principio y a los que ahora podía mirar sin angustia. -Tú no te acordarás de cuantas muñecas había ¿verdad? Antonio, Antonio… Oye ¿no me la habrás quitado en un despiste esta mañana mientras te hacía el desayuno?
Nunca se reía de mis bromas. De hecho tampoco se enfadaba. Se había mantenido en aquel estado de ausencia desde que murió mi madre. Los médicos decían que el día menos pensado podría levantarse de la silla y hacer vida normal, que simplemente estaba en un estado de shock, pero de aquello hacía ya poco más de un año. Precisamente hacía un mes y medio que se había cumplido el primer aniversario de la muerte de mi madre, pero él no había dado señales de nada, aunque yo me empeñase en hablarle cada día, en recordarle su nombre y en nombrarle a su esposa muerta que descansaba, por fin, en algún lugar, después de librarse del sufrimiento diario que había tenido que padecer durante seis largos e inexorables meses, consumiendo un tiempo no deseado.
Volví a mirar las muñecas con atención, especialmente aquel vacío entre la segunda y la que ahora ocupaba el lugar de la tercera, que bien podía haber dejado yo misma al limpiarlas la semana anterior. Pero estaba convencida de que la tercera muñeca era una impostora, quizás sin pretenderlo, que había venido a llenar un espacio que no era suyo, y que en realidad era la cuarta. Su tamaño me resultaba demasiado grande al lado de la segunda, así que las tomé una a una y las abrí todas para comprobar que encajaban una dentro de otra; un ejercicio que tanto me había fascinado desde pequeña y que había aprendido, primero, metiendo aquellos cubitos de colores unos dentro de otros y, más tarde haciendo puzzles (como máximo de cien piezas, porque los de más me aburrían) hasta que todo ocupaba su lugar. Pero aquellas muñecas no eran perfectas y bailaban un poco unas dentro de las otras, hasta tal punto que no podría asegurar que faltara solamente una entre la segunda y la falsa tercera, sino también entre las dos últimas de la serie.
La punzada de dolor me cogió tan desprevenida que la última muñeca se me escurrió de las manos antes de poder volver a colocarla en la estantería. La derecha había volado hasta el pecho y la izquierda buscaba apoyo en el sofá para soportar el peso del cuerpo que se había rendido de pronto y que amenazaba con desplomarse en el suelo, al lado de aquella figurita de ojos negros que se había abierto en dos mitades y que vislumbré antes de que todo se volviera oscuro. Por suerte el dolor remitió casi tan rápido como había sobrevenido, pero durante un rato, quizás unos minutos, seguí sentada en la misma postura con los ojos entornados y la mano derecha presionando el pecho izquierdo, intentando acompasar la respiración, antes entrecortada. Bajo la palma de la mano sentía aquella presencia que me torturaba desde hacía unos días, y aunque durante toda la mañana hubiese intentado distraerme con la limpieza, nada podría cambiar que aquella misma tarde, en sólo unas horas, las palabras de un extraño garabateadas en un papel podían cambiarme la vida. Mi padre seguía en la misma postura con los ojos clavados en la pared. Igual de absorto quien sabe en qué pensamiento. Marqué el teléfono con torpeza y recogí la muñeca del suelo con movimientos lentos. -¿Sí? -Raúl soy yo, Irene- no parecía mi voz y durante un segundo pensé que debía haber esperado un poco antes de llamar. No iba a resultar muy convincente. -Oye, no me esperéis esta noche. Mi hermano me ha llamado y va a venir a ver a mi padre. No le he querido decir que tenía planes. Ya sabes como es de imprevisible y tengo que aprovechar cuando dice que viene. -Vaya, tenía ganas de verte…
Parecía desilusionado y me despedí de forma precipitada y fingiendo una prisa que no tenía, como si me esperase un torrente de actividad nada más colgar el teléfono. Siempre me ha admirado la capacidad de camuflaje que algunas personas ejercemos sin ni siquiera un ensayo, convirtiéndonos en actores suicidas que salen al escenario sin leer su papel. Y aunque el triunfo es enorme cuando la ficción se confunde con la realidad, a una le queda un regusto amargo en la boca del estómago, una especie de náusea que cuesta controlar. Me sentía mareada y decidí tumbarme un rato en el sofá. La lámpara necesitaba una limpieza a fondo, pero no iba a ser hoy. Cerré los ojos.
No había puesto el despertador, pero me saca del sueño el sonido impertinente de la alarma de un coche en la calle. Las manecillas verdes del reloj marcan las tres de la mañana. Por la ventana abierta llegan voces y risas jóvenes mezcladas con la música y el motor de otro coche. La alarma se detiene. La última broma y luego las despedidas, portazos, un coche que se aleja y, segundos después, otro que arranca, para imitar al que ya se ha ido. Silencio de nuevo. La calle, que acostumbra a estar tranquila, vuelve a la calma. Sólo, a lo lejos, se oye el rumor de la ciudad, de vez en cuando otro motor o una persiana que se cierra; ruido amortiguado en la distancia. Una ráfaga de aire mueve las cortinas y subo la sábana hasta el cuello.
Tengo sed pero no quiero moverme de la cama. Se está tan bien. Quizás un poco sola, pero eso lo soluciono mañana. Se me escapa una sonrisa imaginando la cara de Raúl si me atrevo a hacerle una proposición. ¿En tu casa o en la mía? Me siento valiente, fuerte, lúcida, viva… ¡Quién piensa en dormir! Tengo ganas de hablar con alguien, explicarle lo bien que me siento, lo bello que es vivir, respirar hondo y llenarse de oxígeno. El rostro risueño de mi madre me sobrecoge. Creo que estaba soñando con ella. Si pudiera verla un momento, si pudiera contarle…
Me levanto con determinación y atravieso la habitación a oscuras. Conozco cada rincón de la casa y podría recorrerla a ciegas sin tropezar con nada. Lo había hecho muchas veces de pequeña. Desde el umbral de mi cuarto cinco pasos y entreabro la puerta de la izquierda, con cuidado, para escuchar. Es la respiración de una persona dormida, profunda y tranquilamente. Dos pasos al frente, tuerzo el pasillo a la derecha y con cuatro pasos más estoy en el comedor.
Había dejado la ventana abierta y los visillos me reciben con una danza ligera impulsados por la brisa, impregnados de una luz suave que dibuja el contorno de los muebles y los objetos, que me sirve de guía hasta la cocina. Siento frío en los pies al abrir la nevera y una vez más me asalta el recuerdo de aquel rostro querido riñéndome por andar descalza o por beber desde la botella directamente.
Lleno un vaso para mi padre y desando los pasos hacia el comedor. Me paro frente a la librería y repaso los lomos de los libros hasta que encuentro el que busco, Antonio Machado Poesías Completas. Y es al levantar la mano para sacarlo cuando me fijo en la muñeca. Es la segunda de la serie y está algo desplazada hacia la izquierda. A su lado la tercera también parece haber sido movida hacia la derecha y me ha provocado la misma sensación que esta mañana, como si faltara una entre ellas. El espacio justo para meter la mano y rescatar a Machado. Sin embargo son siete y no tengo ninguna duda ahora. Camino hacia la habitación con emoción y me siento a su lado en la cama. No ha abierto los ojos pero le cuento que he vuelto a nacer, que me siento viva, que no voy a dejarle solo y que si él quiere le puedo leer cada día a su tocayo…
“La muñeca rusa” (2007) és un relat original de la periodista i escriptora Mireia Rubio. Conte/relat inclòs en el seu bloc personal “Marea de Palabras” .
“Vols llegir relats?” – Ràdio Nova – 21